La desinformación

Por: Orlando Gómez Torres 

Hoy más que nunca la información basada en hechos fácticos y demostrables no tiene precio. Este es un hecho poco entendido por autoridades gubernamentales en todo el mundo, la prensa y especialmente el público general. La otrora mal llamada autopista de la información se ha convertido en el carril express de la desinformación, y las personas interesadas en conocer la verdad encontramos cada vez más dificultades para llegar al fondo de datos fácticos que permitan un ejercicio honesto hacia la búsqueda de soluciones.

Esto es particularmente grave en países como el nuestro donde el desinformar no sólo ha sido una práctica privada sino que históricamente ha sido asociada al sector público como principal actor deshonesto. El resultado de eso es palpable en las cosas más básicas donde distintos organismos del Estado se contradicen sobre números que en principio deberían ser comunicados bajo una misma sombrilla en la formación de políticas públicas.

La credibilidad es uno de esos activos intangibles que parecen evaporarse dentro de nuestro clima tropical, y al que se le atribuye tan poco valor, hasta que este significa la variable entre ganar o perder una elección.
Una búsqueda superficial de cualquier dato respecto del Estado dominicano es una ruta hacia un estado de contradicciones.

Desde el gasto en programas públicos, hasta el costo de cosas tan fundamentales como el subsidio eléctrico, o el número de inmigrantes viviendo en el país, implica una caída al hoyo de conejo que lleva al País de las Maravillas donde cada institución maneja sus propios números y no existe absolutamente ningún tipo de consistencia, culminando en una batalla de credibilidad entre organismos estatales, donde el ganador queda al gusto del intérprete.

La gravedad de esta brecha de comunicacional es cuando esas deficiencias de credibilidad son suplidas por actores privados, o peor aún, por actores privados con un agenda para ejecutar a través de las redes sociales con cuestionables métodos de investigación que se ajustan a las conclusiones que desean transmitir y no a encontrar las conclusiones sobre las cuales deberían opinar y transmitir.

En el actual estado de situación países como el nuestro viven a la merced de la información, falsa o verídica, que obtenga el mayor respaldo popular indistintamente de su base fáctica, y en un mundo donde la redes sociales mantienen la relevancia que hoy tienen, eso resulta una receta para el desastre.

En la era de la desinformación, la información se vuelve invaluable, es mi esperanza que eso sea incentivo suficiente para movilizar a suficientes personas a obtener beneficios de aquellas verdades que todos parecen dispuestos a ignorar y que documentarían el proceso adecuado para la toma de decisiones materiales.

 

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